Relatos

La lluvia


Los números fosforescentes del despertador marcan las 3'15 h. Este no poder dormir, el sentirte atrapado por las sábanas y enredada en la inmóvil soledad de la noche, de otra noche exactamente igual a otras noches desde hace años. Enciendo la lamparita de la mesilla de noche, escucho en el silencio el ruido familiar de la lluvia en los cristales.

Hay infinidad de gotas de agua que parecen diamantes con la luz que les regala mi lamparita. Corren en un desenfrenado desorden, en una alocada carrera cristal abajo, a ver quien llega la primera al final de la ventana.

Oigo el ruido sedante del agua cuando cae suavemente, percibo la húmeda frescura que entra por la rendija que dejo abierta en la ventana. Pero, por desgracia no huelo a tierra mojada, sino a asfalto y neumáticos.

Me vienen a la cabeza momentos de mi niñez; cuando llovía con fuerza mi abuela me decía: "niña vamos a rezar a Santa Bárbara. Santa Bárbara bendita que en el cielo estas escrita con papel y agua bendita, líbranos del chaparrón.......", y aquella cancioncilla: "que llueva que llueva, la Virgen de la Cueva......" Cuanto tiempo hace de eso, de mis amigas Mari Juli, Mari Canto, las hermanas Yuste (5 mujeres), de Covadonga. Cuando llovía íbamos al colegio con botas de agua Katiuska y un impermeable horrible de color azul tan rígido que no te podías mover.

Era una delicia meter los pies en los charcos y hacer olas, o probar la profundidad de ellos poniendo en peligro el aislamiento que te producían las botas de goma, cuando el charco era mas hondo de lo pensado y se te llenaban de agua.

Las tardes de mansa lluvia en el pueblo de mi madre, con mis primas buscando cosas misteriosas en la habitación de los trastos, saliendo al patio empedrado para mojarnos el pelo, porque decían que si te lo mojabas te crecía más y se te ponía rubio.

Muchos pensamientos me vienen a la memoria en tantos ratos que tengo de no poder hacer nada, he llegado a no aburrirme, aunque esté sentada sin más oficio ni beneficio, que ese: estar sentada.

Sigue lloviendo, alguien que va tarde a casa pasa corriendo y jurando en arameo, porque los hombres del tiempo no habían dicho nada de lluvia y no había cogido el paraguas.

Las gotas siguen corriendo por el cristal, como los días corren en nuestras vidas, algunos ganan esa carrera, otros la pierden, unos pocos no la terminan y muchos llegan a la meta con tranquilidad, a su paso.

Me gusta la lluvia cuando cae suavemente, no cuando es destructiva, cruel, haciendo ostentosamente valer su fuerza. Esa que no deja que las gotas resbalen por los cristales, si no que te echan groseramente borbotones que no te dejan ver más allá de tu limitado mundo.

Por fin llegó el sueño, corto pero necesario. Ya no llueve. En los cristales quedan las huellas de esas gotas, anoche brillantes, y hoy convertidas en sucios caminos de manchas.

Como cambia nuestro ánimo cuando es de día o de noche. La luz nos da seguridad, absurda pero certera. Al amanecer tenemos la sensación de que todo se va a arreglar, que el enfermo va a mejorar; nos cargamos de ideas y actividades para realizar durante el día y estar cansados cuando llegue la noche y poder dormir.

Sin embargo la noche nos inquieta, nos da miedo. Será porque no vemos lo que nos rodea con claridad, porque la noche se identifica con la nada, la oscuridad y los ruidos que tiene el silencio es lo que mas nos aterroriza porque no lo dominamos.

Nunca se nos ocurrirá pensar por la mañana en la aparición de un fantasma o en la entrada de ladrones, o en las personas que han muerto. Si te pones enfermo por la noche la luz del día calmará tus temores.

Llueve, de nuevo la lluvia cae suave acariciando los árboles y los cristales, te adormece su sonido, la gente corre con sus paraguas abiertos. Mi mundo esta detrás de los cristales de la ventana, desde allí veo pasar mi vida, miro una gota de agua que avanza despacio, parándose de vez en cuando... me río ¿a quien me recuerda?

Maribel