Al levantarse , se asomaba a la ventana, miraba al horizonte, desde allí podía ver si alguien se acercaba a su castillo, y aun viéndolos, sus visitantes tardarían lo suficiente para preparar el recibimiento, el camino era largo.
Sabia que aun faltaba para que llegasen, pero aun así, le gustaba mirar por si adelantaban el viaje. Contaba los días, que largos se hacían. Pero llegarían, sabia que llegarían.
Al ver que no llegaban, se volvió a sentarse junto a la cama, le cogio la mano y lo beso en la frente. Se miraron con dulzura, seguían amándose, seguían necesitando estar juntos. Aunque el no podía hablar, tampoco les hacían falta, se entendían. Le dio sus medicinas y dejo que su ayudante venido del otro lado del mar, que lo aseara , que haría sin su cubano, cuidaba de su esposo y ella se marcho sabiendo que estaría bien atendido. Al salir, al saber que el ya no le veía su rostro, sus lagrimas resbalaron , no podía evitarlo, la agonía y el sufrimiento de su amado eran suyos, los sentía.
No era justo todo aquello, no lo era, y menos después de lo que habían pasado. La mala suerte les había quitado lo mas preciado para unos padres, sin morir una parte de sus corazones había muerto.
Se seco las lagrimas y se puso a organizar, como todos los días con esa pena que nada ni nadie le quitaría, pero sabia que tenia que sacar fuerzas, ¿de donde? De donde fuera.
Unas risas le sacaron de sus tristes pensamientos, unas risas de niñas que salían de sus aposentos. Se acerco a la puerta y allí estaba su pequeña nieta, por unos segundos olvido su pena. La pequeña le estaba contando algo al abuelo, que la miraba atento con una mueca de felicidad en su rostro, esa niña era su salvación.
Su esposo estaba gravemente herido, fue atacado por el enemigo cuando mas débil y triste se encontraba , ni su cuerpo ni su mente puso resistencia a los ataques, y ahora solo quedaba esperar que su dolor fuera al menos soportable.
Pero a pesar de todo, era una mujer que desprendía dulzura. La princesa de ojos negros como el carbón la adoraba, por eso estaba tan ilusionada con el viaje. Marcharía con su familia a recoger a la reina y desde el centro del país tomarían rumbo hacia el reino de Gallaecia. El viaje era largo, pero merecería la pena, deseaba abrazarla, mirarla a los ojos, oír directamente de su boca los consejos de una buena amiga, de una madre, de una madre-amiga y desde luego oír su risa. Deseaba conocer a ese gran hombre que tanto bueno le había aportado.
Entre ellas había algo desconocido que las unía. Fue la reina quien las puso en contacto y desde el primer día, la princesa de ojos negros como el carbón, la considero su “mami”. Y ahora, en pocos días, la vería. La llamaba “mi niña”, le resultaba tan bonito, tan lleno de sinceridad, que cada vez que leía en sus mensajes esa frase , se sentía eternamente agradecida por haberla conocido.
Las tres contaban los días, seria otro feliz encuentro, las tres juntas, parecía increíble que eso fuera a ocurrir de verdad, pero ocurriría.
Los días se volverían mas llevaderos a causa de esa ilusión, solo faltaba esperar, tarde o temprano se haría realidad, solo hay que desearlo con fuerza, y fuerza no le faltaba a ninguna de ellas.