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Neuroinflamacion: causas, consecuencias y posibles soluciones

Últimamente el termino “inflamación” parece estar de moda.

Si miramos la definición de esta palabra en el diccionario encontraremos algo así como: “alteración patológica en una parte cualquiera del organismo, caracterizada por trastornos de la circulación de la sangre y por aumento de calor, enrojecimiento, hinchazón y dolor”.

La inflamación es una respuesta indiferenciada frente a las agresiones del medio, y está generada por los agentes inflamatorios. La respuesta inflamatoria ocurre sólo en tejidos conectivos vascularizados y surge con el fin defensivo de aislar y destruir al agente dañino, así como reparar el tejido u órgano dañado.

No es difícil deducir, entonces, que la neuroinflamación no es otra cosa que la misma definición explicada en el párrafo anterior, solo que aplicada al cerebro. Dicho así parece algo obvio. Sin embargo, no lo es tanto.

Nuestro sistema nervioso central es muy especial y entre otras cosas cuenta con una protección extra denominada barrera hematoencefálica. La función de esta barrera es proteger al cerebro y a la médula de la entrada de sustancias tóxicas, mientras que sí que permite el paso de nutrientes y oxigeno.

La existencia de la barrera hematoencefálica ha puesto durante mucho tiempo en entredicho la posible implicación del sistema inmune en trastornos del sistema nervioso, ya que hasta hace unas pocas décadas se creía que el cerebro era un órgano “inmunoprivilegiado”, es decir, que no recibía atención alguna por parte del sistema inmunológico.

Numerosas investigaciones en los últimos años han demostrado que esa idea no es cierta y que de hecho el sistema inmune juega un papel mucho más importante en diversos trastornos neurológicos de lo que antaño se creía. Se ha demostrado que enfermedades como el Parkinson, el Alzheimer o la esclerosis múltiple, entre otras, sufren los efectos de la activación del sistema inmunitario y que los pacientes afectados muestran en ocasiones un elevado grado de neuroinflamación.

La prestigiosa revista “Journal of Neuroscience” ha publicado recientemente un estudio en el que se describe un tratamiento que ha atenuado exitosamente la neuroinflamación en un modelo animal de Alzheimer. Este trabajo ha sido dirigido por la profesora Linda J. Van Eldik y se ha llevado a cabo en la Universidad de Northwestern de Chicago, en Estados Unidos. Al parecer, estos investigadores han desarrollado una nueva generación de fármacos (denominados MW-151 y MW-189) que consiguen disminuir significativamente la producción de citoquinas proinflamatorias en los animales tratados.

Asimismo, los autores hacen hincapié en que el momento en el que estos fármacos se administran también es sumamente importante, ya que según sus resultados, este tratamiento es más efectivo si se aplica en estadios tempranos del desarrollo patológico.

Las citoquinas son proteínas que regulan la función de las células que las producen u otros tipos celulares. Existen numerosos tipos de citoquinas y algunas de ellas funcionan de forma complementaria, como es el caso de las citoquinas proinflamatorias (favorecen la respuesta inflamatoria) y las antiinflamatorias (ayudan a reducir la respuesta inflamatoria).

Un elevado número de publicaciones científicas han evidenciado la presencia de citoquinas proinflamatorias en el cerebro y líquido cefalorraquídeo de pacientes de Parkinson, Alzheimer, esclerosis múltiple, esquizofrenia, etc.

Una célula generalmente libera citoquinas proinflamatorias en respuesta a la identificación de un agente dañino. Dichas citoquinas promoverán una seria de efectos proinflamatorios, tales como producción de prostaglandinas, vasodilatación, aumento de permeabilidad vascular, liberación de histaminas, etc. Todo esto constituye una reacción en cadena de eventos que ayudan a que las células del sistema inmune puedan penetrar en el sistema nervioso para neutralizar el agente nocivo.

La contrapartida es que, como en todo campo de batalla cuando se libra una lucha, existen daños colaterales. Generalmente para librar al organismo de un agente dañino hay que eliminar a las células afectadas. En cualquier otro órgano del cuerpo eso no supone mayor problema ya que se da un rápido remplazo de las células muertas. En el cerebro y la médula, sin embargo, es bien sabido que las neuronas no se dividen, así que las que mueren lo hacen para siempre, dejando detrás de ellas un fenómeno que no es otro que la neurodegeneración.

Esta explicación es un poco simplista (existen otros factores implicados en este proceso), pero igualmente válida para entender por qué la presencia de citoquinas proinflamatorias en el cerebro no es algo bueno. No es extrañar que la obtención de un fármaco que disminuya su presencia sea un rayo de luz esperanzador en lo que a tratamientos de enfermedades neurodegenerativas se refiere.

Tal y como pasa siempre en los estudios llevados a cabo en animales, aunque los resultados obtenidos hayan sido sumamente prometedores, no hay que olvidar que para que estos fármacos lleguen al paciente todavía queda un largo camino de ensayos clínicos por recorrer que, incluso en el mejor de los casos, durará varios años.

Asimismo, hay que tener en cuenta que si bien la presencia de citoquinas proinflamatorias es un hecho innegable en muchas enfermedades neurodegenerativas, todavía queda por descubrir cual es el agente (o agentes) desencadenante de esta sobreproducción anómala de citoquinas, por lo que disminuir su liberación sigue sin tratar la causa. Pero desde luego es un paso adelante en el tratamiento de enfermedades neurodegenerativas y posiblemente la puerta de entrada a una serie de terapias complementarias que ojalá en unos anos se puedan combinar con las actuales para mejorar la calidad de vida de los pacientes afectados.

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